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lunes, 2 de junio de 2025

El Porteñazo, 02 de junio de 1962. Historia de un reportaje gráfico

 

El Porteñazo

En la mañana del sábado, el país fue estremecido con la noticia de que la Base Naval de Puerto Cabello se había revelado. Apenas transcurridos 28 días de la insurrección de Carúpano, la democracia tenía que enfrentar otra durísima y sangrienta prueba, de la cual también salió victoriosa. Los marinos insurrectos del puerto carabobeño obligaron a las fuerzas leales a librar cruentísima batalla en la que hubo –de acuerdo con el testimonio de nuestros enviados especiales− centenares de muertos y heridos”.

Con este sumario, la revista Élite desplegó en su edición número 1915, del 9 de junio de 1962, un extenso trabajo sobre lo que hoy la historia llama: El Porteñazo. Esos hechos registrados en Puerto Cabello, a partir de la madrugada del 2 de junio, cuando la Base Naval del citado emplazamiento fue tomado por el capitán de corveta Pedro Medina Silva y los capitanes del navío Víctor Hugo Morales y Manuel Ponte Rodríguez, con la participación de los civiles Germán Lairet –PCV−, Raúl Lugo Rojas−MIR− y los independientes Manuel Quijada y Gastón Carvallo.

Antes de clarear el día, los alzados arrestaron a los comandantes de la Base Naval, liberaron a los presos políticos del castillo Libertador y distribuyeron tropas armadas por la ciudad para asegurarse el control sobre ellos. Había empezado El Porteñazo, que sería, según consignó Manuel Felipe Sierra en su biografía de Gustavo Machado, −Biblioteca Biográfica Venezolana−, “la operación más sangrienta y prolongada que se registra en la historia militar de esos años. Cálculos conservadores estiman las víctimas fatales entre 400 y 700; y se producen más de mil detenciones entre infantes de marina y civiles”.

En menos de un mes se producía una segunda insurrección, tras la intentona de Carúpano, el 4 de mayo de 1962, en procura de derrocar al presidente institucional de la república, Rómulo Betancourt, cuyos primeros años en el poder se vieron distraídos en el enfrentamiento a sucesivas sublevaciones y un intento de magnicidio. De cara al Porteñazo, el gobierno estaba avisado por informes de inteligencia de que habría escaramuzas en Puerto Cabello, lo que le permitió salir al paso con prontitud y ventaja. De allí que pocas horas después de la irrupción de los conjurados, el gobierno envía efectivos de la Fuerza Aérea y del Ejército que rodean Puerto Cabello y cumplen la orden de recuperar el sitio a sangre y fuego. Muy pronto se produce el combate frontal entre las fuerzas insurrectas del batallón de Infantería de Marina General Rafael Urdaneta –que se había sumado a los militares alzados de la base naval− y la tropa del batallón Carabobo –Ejército−, al mando del coronel Alfredo Monch.

Es posible que los medios de comunicación también estuvieran al tanto con respecto a una réplica del Carupanazo, porque lo cierto es que los periodistas llegaron al lugar de los hechos pisándoles los talones a los uniformados. Élite comisionó para esta cobertura a Paco Ortega, Luis Scotto y José Luis Blasco. El vespertino El Mundo envió a Serrada Reyes y a los hermanos Romero. La UPI contó con los despachos de Antonio Valbuena. Y el diario La República confió la tarea al redactor José Salvador Rojas y al fotógrafo Héctor Rondón Lovera, cuya vida sería transformada por el estruendo de los disparos que estaba a punto de tomar parte.

“Al periódico llegó la noticia de que había un alzamiento grave en Puerto Cabello”, recordó Freddy Martínez Rey, jefe de fotógrafos del diario La República en 1962, al ser entrevistado por Juan Carlos Solórzano para su tesis de grado, un formidable reportaje audiovisual que presentó en 2009. “Mandé a Rondón porque era el fotógrafo de ‘Sucesos’ y yo sabía que él era perfecto para eso porque no le tenía miedo a este tipo de cosas”, señala Martínez.

Héctor Rondón Lovera había nacido en Bruzual, estado Apure, en 1933. Había sido taxista, artesano del vidrio, plomero y jugador de ligas menores de baseball hasta que un cuñado lo inició en la fotografía. En 1961, cuando se funda el diario La República, Rondón era fotógrafo de la Policía Técnica Judicial. Qué mejor credencial para ingresar al naciente rotativo como reportero de “Sucesos”. Fue así como un año después, cuando se desató el plomo en Puerto Cabello, Rondón llegó entre los primeros con ese fervor que despierta la cercanía de la noticia. Y con su Leica: su fiel cámara.

Cuando los reporteros llegan, se encuentran que la ciudad está rodeada. Los militares del Ejército y la Guardia Nacional, al mando de la situación, les impiden el paso. Hay combates en las calles. Es imposible garantizar la seguridad de los periodistas, de manera que se les prohíbe ingresar a Puerto Cabello mientras estuviera en marcha la operación militar. “Mientras evalúan cómo entrar a la ciudad, los periodistas deciden permanecer en el coman do de operaciones establecido por el Ejército.

“Allí observan la gran movilización de tanques y soldados que se alistan para retomar la ciudad”, dice Solórzano, el tesista. Tal como narra Don Enrique Aristiguieta, el Batallón Carabobo se distribuyó en pelotones de 30 hombres, que debían ir cada uno detrás de los trece tanques destinados a entrar al Puerto. Esto no ocurrió en los primeros momentos debido a que se esperó el asalto de la Aviación para luego entrar a saco por tierra contra el Fortín de Puerto Cabello, que era usado como punto de operaciones de los sublevados. Doblegado el Fortín, comenzaron las tropas a penetrar en Puerto Cabello.

Confundidos con los hombres que avanzaban detrás de los tanques blindados, en desacato de la interdicción, algunos periodistas ingresaron a Puerto Cabello, aun cuando aquello era un infierno por el estruendo de los disparos y los ayes de los heridos. Podemos estar seguros de que dos de ellos lo hicieron: José Luis Blasco y Héctor Rondón Lovera. Ambos harían sendas fotos del mismo, estremecedor, episodio. Pero solo uno alcanzaría la gloria.

En su tesis de grado, titulada Absolución Final. Historia de una fotografía, Solórzano recoge la siguiente declaración de Freddy Martínez Rey. “Cuando Blasco y Rondón iban entrando a la ciudad, un grupo de guardias nacionales les advirtió que estaban en grave peligro porque estaban detrás de los soldados insurrectos y ellos mismos estaban en peligro.” “Rondón y Blasco continúan avanzando detrás de unos de los tanques, pero al llegar a un céntrico sector conocido como La Alcantarilla, un oficial del Ejército les advierte nuevamente del inminente peligro”, sigue Solórzano.

“Haciéndole caso al mayor, nos retiramos a la pared. Luego de que habían pasado cerda de 10 tanques, empezaron a disparar de todos lados. Los muertos iban cayendo. No se veía a quienes disparaban ocultos en las casas. Los masacraron a todos. Cayeron diez en la esquina, los que iban conmigo”, contaría Rondón posteriormente.

“Durante el combate Héctor Rondón se repliega en el umbral de una sastrería desde donde logra un registro fotográfico extraordinario. Por media hora, el fuego era cerrado allí en La Alcantarilla. Los insurrectos no se veían, disparaban hasta granadas. Los tanques se fueron finalmente, dejando a los muertos. Entonces fue cuando venía un cura por la acera derecha”, anota Solórzano. “El cura frente a nosotros se puso a revisar los heridos. Uno en el medio de la calle levantó la cabeza. El cura trato de socorrer a otro. Lo levantó. Trató de cargarlo. Yo tomé la foto”, habla Rondón.

Cuando Freddy Martínez Rey recibió la imagen en la redacción, se quedó pasmado. No tuvo duda de que aquella era la foto del siglo. El 4 de junio de 1962, dos periódicos pusieron en su primera plana la imagen de un cura sosteniendo a un soldado que está de rodillas. Últimas Noticias usó la de José Luis Blasco; y La República, la de Rondón que es ligeramente distinta. Pero ambas muestran al sacerdote Luis María Padilla, capellán de la base naval de Puerto Cabello y párroco de Borburata, parado en medio del área de refriega, como tratando de ayudar a levantar a un joven uniformado, de cuya identidad hay, al menos dos versiones: unos dicen que se trata del subteniente Luis Antonio Rivera Sanoja del Batallón Carabobo; y otros aseguran que es el cabo primero Andrés de Jesús Garcés, de la Primera Compañía de Fusileros del Batallón Piar No.31.

Una semana después la revista Élite publicaría la siguiente nota: “El valiente sacerdote no conserva, frente a los redactores, en su modesta casa de Borburata, el mismo arrojo que demostró en las líneas de fuego. No quiere hablar de los sucesos, por demás penosos para él. Todavía bajo la impresión de la muerte rondando en torno a los hombres, recuerda que cuando intentó auxiliar a un herido –el que aparece en la foto que publicaron todos los periódicos del mundo−, al tomarlo por los brazos, le dijo con un grito doloroso: ‘Por ahí no’. Era que estaba ametrallado en el costado. No pudo alcanzar una ambulancia y el soldado murió en sus brazos”.

“Otro soldado que parecía herido, le confió, cuando trató de ayudarlo: ‘No estoy herido, padre, pero no me puedo parar porque me van a matar’”, se lee en el artículo de Élite, de junio de 1962. La metralla silbaba sobre sus cabezas; y el sacerdote le dijo: “está bien, no te muevas”. Al rato lo colocó en una ambulancia junto con los heridos y muertos. Una vida más era salvada.

En el frente de operaciones, en los hospitales, en la línea de fuego, la presencia del padre Padilla se hizo familiar. Durante la batalla no tuvo sino una preocupación personal: los cigarrillos. Había agotado sus tres cajas de reserva, y durante los escasos momentos de inactividad o de suprema tensión nerviosa, el deseo de fumar le era tan apremiante como el deseo de prestas sus servicios. Efectivamente, en las fotografías que acompañan esta nota, aparece el cura Padilla, carabobeño, capitán de la Base Naval de Puerto Cabello desde hacía 14 años, y poseedor del rango de capitán de corbeta asimilado, echando el humo parejo.

La foto de Rondón, en blanco y negro, fue distribuida por la AssociatedPress. Y no hubo medio en el planeta que no la reprodujera o comentara. Ese mismo año se alzó con los galardones a la Mejor Fotografía de Prensa del Año y al Reportaje Fotográfico del Año, otorgados por la organización Word PressPhoto, con sede en Holanda. Un año después, en junio de 1963, Rondón se convirtió en el primer latinoamericano –y único venezolano hasta la fecha− en obtener el premio Pulitzer por su foto, que entonces fue llamada Ayuda del padre –años más tarde sería renombrada Absolución final. Desde luego, para entonces se había ganado todas las preseas que quepa imaginar.

Además, la imagen inició muy rápidamente una carrera de reproducciones. En la Comandancia General del Ejército de Venezuela se puso un cuadro que recogía la escena; en la propia esquina de La Alcantarilla en Puerto Cabello se puso un mural se hizo una estatua en el fuerte militar Tiuna, que conmemora los militares venezolanos caídos en combate. En su película La quema de Judas – en 1974−, Román Chalbaud calcó el episodio y contrató al cura Padilla para que hiciera su propio rol.

En 2005, con motivo del 50 aniversario de la Fundación Word PressPhoto, el correo nacional holandés emitió una edición especial de estampillas mostrando las fotos que han obtenido el premio a Mejor Foto del Año, incluida, naturalmente, la del cura y el soldado.

Pero quizás la secuela más notable de la fotografía de Héctor Rondón es la obra del artista norteamericano Norman Rockwell quien en 1965, pintó tomando una referencia e inspiración la foto de Rondón, pintó el cuadro titulado Asesinato en Mississipi, que muestra un hombre de pie sosteniendo a otro que está de rodillas y en tránsito de muerte. La pieza reconstruye los últimos minutos de la vida de Michael Schwerner, judío de 20 años, luchador por los derechos civiles, asesinado por el KuKluxKlan.

Héctor Rondón falleció el 21 de junio de 1984. Nadie sabe dónde están los originales de la foto que tomó aquel fin de semana en Puerto Cabello. Ni siquiera los de la más famosa, esa “Piedad” venezolana.

 

Autor. Milagros Socorro Morales (Maracaibo, 19 de marzo de 1960) es una periodista, escritora y profesora universitaria venezolana, ganadora del premio Nacional de Periodismo en 1999.[1]​ En 2018 recibió en La Haya el Premio Oxfam Novib/PEN por su labor en defensa de la libertad de expresión, frente a la amenaza y hostigamiento.


MIS MEMORIAS DEL PORTEÑAZO

Hal Pierce

02 de junio de 2020

Amanecía el sábado 2 de junio de 1962 y, para mí, era un día especial porque había sido uno de los seleccionados de mi salón del Colegio La Salle para asistir a un paseo al río Borburata. Se había establecido a las seis de la mañana como la hora de salida del colegio, por lo que deberíamos llegar por lo menos media hora antes a fin de chequearse e ir abordando el autobús que nos llevaría hasta Borburata.

Yo, que a la sazón tendría unos 10 años, recuerdo haberme levantado como a las 4 y media de la mañana, vestirme y colgarme del hombro mi pequeño morral donde llevaba una muda de ropa, un paño, dos sándwiches de jamón y queso, hechos con pan de a locha, y algunas golosinas; el traje de baño ya lo tenía puesto desde la noche anterior. Salí de mi cuarto hacia la cocina y ya mi papá me tenía preparado un desayuno que, aunque no tenía hambre a esa hora, tuve que comerlo porque mi viejo no era alguien a quien pudieras decirle: “no quiero” o “no tengo hambre”.

El trayecto desde donde vivíamos en el lote 8 de Rancho Grande hasta el Colegio La Salle, que para esa época quedaba en la Calle Bolívar, al lado del malecón, era relativamente rápido, especialmente a esa hora de la mañana. Así que llegamos con suficiente antelación como para que pudiera compartir un rato con mis amigos antes de abordar el autobús. Mi papá se despidió, no sin antes “leerme la cartilla” por enésima vez, y quedó en pasarme buscando al final de la tarde.

Salimos del colegio a la hora establecida, todos alegres y emocionados, algunos ya iban sudados por haber estado jugando antes de subirse al bus. Imagino que seríamos unos 30 o 40 muchachos, más los curas que nos acompañaban y representaban. Nunca se llegó a sospechar que a esa misma hora un grupo de militares y civiles conjurados emprendían una acción armada para derrotar al gobierno democrático que presidía el señor Rómulo Betancourt.

Llegamos al pueblo de Borburata sin ningún tipo de contratiempo y, después de haber dejado el autobús del colegio cerca del pueblo, emprendimos la marcha hacia el río, adonde llegamos a media mañana. Apenas habían pasado algunos minutos, cuando fueron a avisarnos que estaba en marcha un alzamiento militar en Puerto Cabello y que teníamos que regresar. Ese regreso estuvo cargado de vivencias y emociones, especialmente para un grupo de niños que no eran capaces de entender o de cuantificar el grado de peligro en que se encontraban; a diferencia de los curas que denotaban angustia en sus rostros. En nuestra caminata de regreso al pueblo de Borburata, podíamos ver la acción de los aviones de guerra que se lanzaban en picada disparándole a algún objetivo incierto para nosotros, que solo nos limitábamos a observar y a lanzar gritos de admiración ante las osadas maniobras de los pilotos y sus aviones.

Ya en el bus y en la vía de regreso a Puerto Cabello, fuimos objeto de amenazas y requisas de parte de uniformados, que asumíamos eran militares rebeldes. Comenzaba a aparecer el miedo entre nosotros al ver que éramos apuntados con armas de verdad por unos individuos mal encarados y visiblemente nerviosos. No se trataba de ninguno de los juegos de guerra que solíamos jugar en el patio del colegio, estábamos presenciando el comienzo de un hecho cruel y sangriento, que pasaría a ser recordado en la historia contemporánea de Venezuela como el Porteñazo.

Finalmente, pudimos llegar a las instalaciones del colegio al comienzo de la tarde, donde mandaron a resguardarnos en algunas de las aulas de clases mientras se concretaban unas acciones para enviarnos a nuestras casas, ya que por la situación de anarquía y de inseguridad reinante, nuestros padres estaban imposibilitados de ir a buscarnos.

El colegio había quedado en una especie de fuego cruzado entre combatientes de los distintos bandos, unos disparaban desde el malecón y otros lo hacían desde la sede de la policía que quedaba por la misma Calle Bolívar, a unas cuantas casas más abajo de La Salle. Recuerdo que los curas tenían problemas intentando mantenernos en las aulas porque muchos de los muchachos se escapaban para el patio, tratando de ver si podían tener una mejor visión de lo que estaba pasando, especialmente desde el muro que daba hacia el mar.

A mediados de la tarde de ese mismo día, cuando estimaron que estaban dadas las condiciones, me montaron junto con otros niños en una patrulla de la policía que parecía una jaula, para llevarnos lo más cerca posible a nuestras casas. Recuerdo que todos íbamos asustados por la cantidad de personas armadas que veíamos en la calle, algunas corrían, otras se resguardaban detrás de carros o paredes. Igualmente nos aterraban las detonaciones que se oían, la mayoría lejanas, pero algunas se percibían muy cercanas; también nos inquietaba la velocidad con que se desplazaba la patrulla. Uno de los policías que iban con nosotros nos decía: “no podemos llevarlos hasta la casa de cada uno de ustedes, quédense lo más cerca que puedan”. Así que me dejaron en la esquina del lote 7, por la avenida Juan José Flores, a la altura del abasto del señor Mario Parziale, y de ahí emprendí una sola carrera hasta llegar a mi casa.

La alegría de mi mamá al verme era inenarrable, entre sollozos me abrazaba, me besaba y me preguntaba si estaba bien. Afortunadamente, mi hermano, que estudiaba en Valencia, había venido por el fin de semana, y mi papá llegó algo más tarde procedente de su negocio que quedaba por la calle Segrestáa de Puerto Cabello, donde había quedado momentáneamente encerrado por la misma situación que se estaba presentando.

Rancho Grande era para aquella época una zona urbana con muy pocos edificios, por lo que, aunque vivíamos en un primer piso, se podía ver desde los balcones o desde alguna de las ventanas del apartamento lo que ocurría en distintas partes de la ciudad. De tal manera que pudimos presenciar el bombardeo al edificio del Seguro Social, al Fortín Solano, o los disparos que se efectuaban desde y hacia el edificio residencial de miembros de las Fuerzas Armadas, que quedaba al frente de nosotros, pero al otro lado de la Avenida Bolívar. ¡Cuántas veces nos regañaron, a mi hermano y a mí, por estar asomándonos al balcón o a las ventanas en esos días! Esa noche y la noche siguiente todos dormimos sobre unas colchonetas en el piso del pasillo que conducía hacia los cuartos, que era la zona mas segura del apartamento.

A consecuencia del intenso bombardeo que se estaba realizando al Fortín Solano, la gente que vivía en sus alrededores comenzó a huir de la zona para buscar refugio en otros lados. Muchas personas, entre ellas adultos mayores, mujeres y niños pudieron refugiarse en la entrada y escaleras de nuestro edificio. Recuerdo que mi mamá y otras personas que allí residían preparaban grandes ollas de comida para asistir a todas esas personas que, en su mayoría, habían tenido que salir de sus casas con apenas lo que llevaban puesto.

Las detonaciones y explosiones se pudieron seguir escuchando durante toda la tarde y noche, igualmente sucedió el día siguiente. Yo solamente oía a mis viejos comentar lo que estaba pasando, que a su vez ellos oían de algunos vecinos y amigos, porque la información oficial o de los medios era bien confusa, especialmente durante los días sábado y domingo. La gente hablaba de lo que había pasado en la Base Naval de Puerto Cabello, donde todo había comenzado; de lo que estaba pasando en el puerto, especialmente en la zona de la alcantarilla; de que había una gran cantidad de muertos, de que habían matado a fulano o que habían puesto preso al hijo de la señora sutana, etcétera.

El día lunes 4 de junio, ya el gobierno había controlado la situación y los militares comenzaron a requisar todas las casas en busca de rebeldes escondidos, de armas o de cualquier cosa que pudiera indicar que se había tomado parte en el alzamiento. En mi casa, lo único que había era un viejo flower calibre 4.5, marca Diana, que mi papá se lo entregó al oficial que encabezaba la requisa, este lo revisó y se lo devolvió alegando que no revestía peligro alguno. Revisaron cuidadosamente el resto de la casa, hicieron varias preguntas, nos dieron algunas indicaciones y se retiraron. Afortunadamente, la gente que se había refugiado en el edificio ya se había ido en su gran mayoría porque si no la revisión habría sido más complicada, ya que cualquiera podría ser visto como sospechoso. Algunos de los vecinos tuvieron inspecciones mucho más rigurosas porque habían tenido denuncias de estar escondiendo a alguna persona, especialmente a familiares sospechosos de haber estado involucrado en la asonada. Por la tarde del mismo día, pudimos ver a un gran número de presos con las manos amarradas a la espalda y escoltados por soldados, bajando por la Avenida Bolívar; era el comienzo del fin de esta aventura golpista que enfrentaba a hermanos venezolanos entre sí.

Nunca se supo con certeza cuál fue el saldo de muertos y heridos que dejó esta fecha fatídica porque el gobierno daba unas cifras y los medios daban otras, pero la gente en la calle tenía sus propios números; especialmente aquellos que fueron testigos presenciales en zonas como la alcantarilla. Lo que sí podemos afirmar es que el Porteñazo fue un evento nefasto que enlutó los hogares y los corazones de los venezolanos.

 

 




El Enigma de "El Tigre Encaramado": Un Análisis Historiográfico de Francisco Carvajal


Coronel Francisco Carvajal. El Tigre Encaramado

Reflexiones a guisa para una revisión histórica 

Gustavo A. Domínguez M.


1. El Enigma de "El Tigre Encaramado", siguiendo el análisis documental del Presbítero Acereda La Linde.

La figura de Francisco Carvajal, “El Tigre Encaramado”, ha sido objeto de disputas regionales y reconstrucciones narrativas que oscilan entre la memoria popular y la evidencia documental. Este análisis se apoya en el trabajo pionero del Presbítero Acereda La Linde, quien realizó una investigación exhaustiva sobre la identidad, edad y origen del héroe, aportando hallazgos fundamentales que merecen ser reconocidos explícitamente.

Aportes del Presbítero Acereda La Linde

- Fue quien identificó y analizó la partida bautismal de 1792, señalando la condición de esclava de la madre y la ausencia del apellido “Carvajal”.

- Propuso la hipótesis maturinesa como más coherente con la trayectoria vital y militar del personaje.

- Destacó la inconsistencia entre la edad atribuida por Aragua (22 años) y la reputación, rango y vida familiar del héroe.

- Introdujo el concepto de “atribución post-mortem” del apellido, como práctica simbólica más que documental.

Estos aportes no solo fundamentan el análisis presente, sino que revelan una ética historiográfica rigurosa, que contrasta con las construcciones narrativas más emotivas o políticas.

Reconocer la autoría intelectual no es solo una cuestión de justicia personal, sino de rigor historiográfico y ética académica. En el caso de Francisco Carvajal, el trabajo del Presbítero Acereda La Linde constituye la base documental y argumental sobre la cual se construyen las refutaciones a la versión aragüeña. Ignorar su aporte debilita la credibilidad del análisis y perpetúa una práctica que la historia crítica debe superar.

Francisco Carvajal se erige como una figura prominente en la Guerra de Independencia de Venezuela, célebre por su bravura y destreza militar. Su apodo icónico, "El Tigre Encaramado," no solo evoca su ferocidad en combate, sino que también subraya su habilidad singular en el campo de batalla. Carvajal estuvo estrechamente vinculado a Simón Bolívar, participando en campañas y batallas cruciales que forjaron la independencia de la nación. Su legado militar es innegable, sin embargo, a pesar de su renombre en el ámbito militar, detalles biográficos fundamentales, como su lugar y fecha exactos de nacimiento, siguen siendo objeto de una intensa controversia histórica. El epicentro de este debate se sitúa en la pugna entre las afirmaciones de Maturín y Aragua de Barcelona, cada una reclamando ser la cuna de este héroe.

Es imperativo analizar críticamente las narrativas en conflicto presentadas en la fuente documental disponible, desglosando la evidencia que sustenta cada una de las pretensiones. Se debe buscar, además, poner de manifiesto los desafíos historiográficos inherentes a la reconstrucción de las vidas de figuras históricas, especialmente cuando la documentación es escasa o disputada, y la memoria local desempeña un papel significativo en la conformación de la historia.

Busto erigido en Maturín, Estado Monagas en honor a Francisco Carvajal

La persistencia del apodo "El Tigre Encaramado" a lo largo del tiempo y en las diversas narrativas, incluso en medio de la disputa sobre su identidad, es un fenómeno notable. Este sobrenombre trasciende los detalles biográficos específicos, operando como un potente símbolo de su carácter y reputación militar. Es plausible que esta denominación haya contribuido a cimentar su estatus legendario y, paradójicamente, a avivar la competencia regional por su origen. Un apodo memorable puede, en ocasiones, convertirse en un identificador más perdurable que los registros de nacimiento controvertidos. Este hecho pone de manifiesto cómo la memoria popular a menudo se cristaliza en torno a símbolos evocadores, como los apodos, que encapsulan la esencia de una figura, a veces simplificando o eclipsando realidades biográficas complejas. Estos símbolos pueden entonces transformarse en puntos focales para la identidad colectiva y el orgullo regional.

2. La Habilidad Militar del Coronel Carvajal

La trayectoria militar de Francisco Carvajal es un testimonio de su compromiso inquebrantable con la causa independentista y su destreza en el campo de batalla. Su asociación con Bolívar se inició tras los desastres de Caracas y la preocupación de la ciudad por Monteverde. Desde ese momento, Carvajal se sumergió en el fragor de la lucha, abriendo con Bolívar la campaña del río Magdalena y participando en la acción de Tenerife el 13 de diciembre de 1812. Su liderazgo fue fundamental en la toma de Mompos, Banco y Ocaña en 1813, consolidando su reputación como un comandante capaz.

Carvajal también desempeñó un papel crucial en la pacificación de Santa Marta y estuvo presente en la acción de Chiriguaná el 1 de enero de 1813. Uno de los episodios más destacados de su carrera temprana fue la reñida batalla de Cúcuta, el 18 de febrero de 1813, donde se enfrentó al Coronel español Ramón Correa. En esta contienda, Carvajal comandaba 800 hombres, mientras que Bolívar dirigía 500, una clara indicación de la confianza depositada en su capacidad de mando y su experiencia en el campo. Esta temprana y sustancial responsabilidad de mando sugiere una considerable experiencia y liderazgo probado, cualidades que rara vez se atribuyen a un joven inexperto.

Su participación se extendió a campañas de gran envergadura, acompañando a Bolívar en batallas como Niquitao, Horcones, Taguanes, Mirador, Trincheras, Bárbula, Barquisimeto y Araure. Fue en Araure donde su bravura le valió el renombrado apodo de "El Tigre Encaramado". Carvajal también estuvo involucrado en los sangrientos ataques de San Mateo el 28 de febrero, 17 y 25 de marzo de 1814, así como en la defensa de La Victoria y Arado. Su liderazgo se destacó en la primera Batalla de Carabobo, donde combatió al frente de sus Húsares con un "singular denuedo".

La historia oficial muchas veces olvida que la oficialidad republicana era un coto cerrado de la aristocracia. Recreaciones narrativas o ensayos biográficos contemporáneos, utilizan las tesis de Caracciolo Parra Pérez como base. Parra Pérez, en su obra sobre Manuel Piar (titulada originalmente Piar, el desterrado o analizada bajo el concepto de "El Disidente"), presenta un análisis sobre la disidencia, en donde Sánchez actúa como el "observador" o el "testigo" que representa la conciencia colectiva de los pardos describiendo una realidad asfixiante: “(…) Los negros se quedaban en soldados rasos, los mulatos, cuarterones y salto atrás llegaban hasta sargentos, y los blancos iban desde teniente hasta general. Para Sánchez era difícil entender cómo era eso de que los blancos, siendo tan poquitos, eran quienes mandaban, mientras que los de piel más oscura no subían cuando eran miles. Y lo peor, a veces no valía si se era más claro, incluso blanco a la vista de cualquiera. Si los de arriba decían eres pardo, pues así se quedaba, así tuviera ojos azules y piel bien clara, como sucedía con el general Piar.”. En este sistema de castas, Francisco Carvajal, el 'Tigre Encaramado', representa la insurgencia del mérito sobre el color. Su ascenso a Coronel no fue una concesión de la élite, sino una conquista a punta de lanza en el campo de batalla.

La carrera de Carvajal culminó en dos batallas trágicas de 1814: la desgraciada y sangrienta segunda Batalla de La Puerta, el 12 de junio, donde su valor no fue suficiente para salvar a los suyos de la matanza perpetrada por Boves; y finalmente, la terrible y fatal en consecuencias para la libertad de Venezuela, desastrosa batalla de Aragua, el 17 de agosto, donde encontró la muerte. La descripción de su estilo de combate es icónica: "manejaba la brida de su caballo cogida con los dientes, mientras enristraba una lanza con cada mano," lo que subraya su singular audacia y habilidad.

La presencia constante de Carvajal en batallas cruciales y a menudo sangrientas, como San Mateo y La Puerta, refuerza la imagen de un veterano endurecido por el combate, no la de un novato. Su rápido ascenso a un puesto de alta jerarquía y su participación sostenida en el frente de batalla constituyen una sólida evidencia circunstancial que apoya la afirmación de Maturín sobre un Carvajal de mayor edad. La plausibilidad de que un individuo de 22 o 23 años, como sugiere la afirmación de Aragua, hubiera alcanzado tal nivel de mando y reputación militar sin una mención explícita de su precocidad excepcional, se ve seriamente comprometida por el registro de su carrera.

3. Memoria vs. Historia: Enmarcando el Debate

Debemos enfatizar que "Memoria e historia se influyen mutuamente". Esta afirmación teórica es fundamental para comprender las complejidades del caso Carvajal. La historia, por un lado, se ve moldeada por las luchas de la memoria que se instalan en la agenda pública. Por otro lado, la memoria es influenciada por la historia; no existe una memoria literal u original que no haya sido "contaminada" por elementos que no derivan de la experiencia directa. Los recuerdos son reelaborados a partir de marcos sociales, donde son influenciados tanto por las aproximaciones académicas como por los modos de pensamiento colectivo y político. Es crucial reconocer que los errores históricos no se limitan a fechas y lugares de nacimiento, sino que también los nombres de personas y personajes han sido motivo de afirmaciones que generan controversias, a menudo debido a la insuficiencia o ausencia de fuentes documentales que las confirmen de manera fehaciente. La obra "Historia de Aragua de Barcelona del Estado Anzoátegui y de la nueva Andalucía" de Manuel Acereda La Linde sirve como el marco teórico y el estudio del caso para esta discusión.

El caso de Carvajal es un ejemplo paradigmático de esta interacción. La controversia sobre su lugar de nacimiento no es meramente una disputa académica, sino un reflejo de cómo las comunidades locales afirman su derecho a un héroe nacional, moldeando así su propia memoria colectiva y narrativa histórica.

La "contaminación" de la memoria por agendas políticas y sociales locales se observa de manera explícita en este contexto. La memoria es "reelaborada desde marcos sociales, donde son influenciados tanto por las aproximaciones académicas como por los modos de pensamiento colectivo y político". Los detalles sobre el Dr. José Manuel Hernández Parés, quien era "jefe civil de Aragua" y encargó un busto de Carvajal, logrando que el "Gobierno del Estado" se interesara en colocar una inscripción que lo reclamaba para Aragua, ilustran directamente este proceso. Esto no fue un ejercicio puramente académico; fue un acto oficial, impulsado probablemente por el orgullo cívico y político local. Este fenómeno revela que los "hechos" históricos pueden ser activamente construidos y promovidos por autoridades locales o figuras influyentes para servir intereses cívicos o políticos contemporáneos. La "contaminación" no implica necesariamente una falsificación malintencionada, sino más bien una interpretación selectiva o un énfasis en la evidencia disponible para reforzar una narrativa deseada, a menudo con el propósito de realzar el prestigio regional. Esto subraya la necesidad de que los historiadores sean conscientes del contexto y las posibles motivaciones detrás de las afirmaciones históricas, especialmente aquellas respaldadas por conmemoraciones oficiales.

4. Los Orígenes Disputados: Aragua vs. Maturín

La disputa sobre el origen de Francisco Carvajal, conocido como "El Tigre Encaramado," ha sido un punto de contención entre Aragua de Barcelona y Maturín, similar a la controversia sobre el origen de Monagas.

La Reclamación de Aragua de Barcelona

La pretensión de Aragua de Barcelona se sustenta en varios elementos, que se remontan a principios del siglo XX. Entre 1906 y 1907, se desató una discusión en la prensa sobre si Carvajal era maturinés o aragüeño. Los defensores de Aragua argumentaban que Carvajal se había criado allí y presentaron una partida de bautismo extraída de los libros de Aragua, a la que le otorgaban un valor decisivo.

El Dr. José Manuel Hernández Parés, en un folleto publicado en 1904, afirmó que la partida de bautismo del "bravo Coronel Francisco del Carmen Carvajal, (a) Tigre Encaramado," fue hallada en los libros del Archivo de la Iglesia de Aragua en 1888. Además, Hernández Parés sostenía que "Tigre Encaramado murió el 18 de agosto del año 14, en la célebre batalla librada en esta población," lo que implicaba que su muerte en Aragua reforzaba su conexión con la localidad.

En 1911, el Dr. Hernández, entonces jefe civil de Aragua, encargó al escultor Estanislao Rubín Hernández un busto de Carvajal. Este busto fue colocado sobre una columna en la placetilla lateral norte de la Iglesia, con una inscripción en mármol que proclamaba: "Francisco Carvajal/Nació en Aragua/de Barcelona/ el 10 de Octubre/de 1791/E1 Gobierno de Anzoátegui/ honra la memoria/de tan bizarro batallador /15 de Julio de 1911". Esta inscripción no solo establece una fecha de nacimiento específica, sino que también vincula la figura del héroe con el respaldo oficial del gobierno.

La Reclamación de Maturín

La última réplica de Maturín, articulada por Ángel Núñez en una carta a "El Croquis" el 15 de enero de 1907, refuta directamente la pretensión de Aragua y la validez de la partida de bautismo para el héroe que ellos reclaman. El argumento central de Maturín se basa en la línea familiar del héroe. Núñez afirma que el "Héroe Maturinés" Carvajal "dejaba en su país una familia formada con sus hijas María Rosario y Juana y un hijo de nombre Juan".

Las "Espontáneas Deducciones"  basadas en los datos de Núñez, realizan cálculos detallados sobre la edad de Carvajal a partir de sus descendientes como lo menciona el Presbítero Acereda La Linde:

  • María Rosario: Se estima que nació a principios del siglo XIX. Su hija, Bernardina, nació en 1824 (tenía 22 años en 1846). Bernardina tuvo un hijo, Felipe, quien en 1907 tenía 61 años (nacido en 1846). Calculando hacia atrás, si Felipe nació en 1846 y Bernardina tenía 22 años en ese momento, Bernardina nació en 1824. Si María Rosario tuvo a Bernardina a los 22 años, entonces María Rosario nació alrededor de 1802. Si Francisco Carvajal tuvo a María Rosario a los 22 años, su nacimiento se situaría alrededor de 1780. Esto implicaría que Carvajal murió a los 34 años en 1814.
  • Juana: Su nieta menor, que vivía en Maturín en 1907, tenía 44 años (nacida en 1863). Si la hija de Juana tuvo a su nieta a los 22 años, la hija de Juana nació en 1841. Si Juana tuvo a su hija a los 22 años, Juana nació en 1819. Dado que María Rosario nació en 1802 y Juana en 1819, se llevaban 17 años. Si Francisco tuvo a María Rosario a los 22 años, y a Juana 17 años después, entonces Francisco tendría 39 años al nacer Juana, lo que también sitúa su nacimiento alrededor de 1780.
  • Juan: El hijo Juan, siendo posterior, no permite un cálculo preciso, pero implicaría una edad aún mayor para Francisco.

La conclusión del argumento de Maturín es que la partida de bautismo de Aragua no puede corresponder a su héroe, ya que la edad implícita (22/23 años al morir) es incompatible con la existencia y las edades de su familia conocida, lo que requeriría que el héroe fuera significativamente mayor.

La epistemología histórica* se enfrenta a un desafío considerable cuando se confrontan "fuentes primarias" que entran en conflicto. El lado de Aragua presenta lo que parece ser una fuente primaria concreta: un registro de bautismo con nombres, fechas y ubicaciones específicas. El lado de Maturín, aunque no presenta un registro de bautismo alternativo, ofrece una narrativa detallada e internamente consistente basada en miembros de la familia vivos y sus edades generacionales. Ambas partes afirman representar la "verdad." Esta situación pone de manifiesto la dificultad para los historiadores cuando incluso los documentos "primarios" están sujetos a interpretación en cuanto a la identidad de su sujeto, o cuando chocan con otras formas de evidencia histórica, como la tradición oral o la memoria familiar. Esto demuestra que la mera existencia de un documento, incluso uno oficial, no resuelve automáticamente un debate histórico. El historiador debe evaluar críticamente la procedencia del documento, su contenido en relación con otros hechos conocidos y el contexto de su descubrimiento y promoción. La "verdad" a menudo reside en la evaluación crítica de múltiples fuentes, a veces contradictorias, en lugar de una adhesión ciega a una sola.

Además, el argumento de Maturín, tal como se elabora en las "Espontáneas Deducciones," se basa en gran medida en el cálculo inverso del año de nacimiento de Carvajal a partir de las edades conocidas de sus descendientes. Este proceso, aunque complejo e implicando suposiciones sobre las edades promedio de procreación, es una forma de deducción lógica utilizada para establecer la plausibilidad y desafiar la afirmación de Aragua. El texto mismo se involucra en estos cálculos, lo que demuestra el intento del historiador de dar sentido a los datos familiares. Esto ilustra que la metodología histórica va más allá de la simple búsqueda de documentos. A menudo implica el razonamiento inferencial, los cálculos demográficos y la construcción de líneas de tiempo plausibles basadas en evidencia indirecta. Este enfoque puede ser poderoso para desafiar la evidencia documental que parece directa pero que podría estar mal atribuida, forzando una reevaluación de lo que es "posible" o "razonable" dentro de un contexto histórico.

5. Análisis Crítico de Discrepancias y Evidencia

La confrontación de las narrativas de Aragua y Maturín sobre Francisco Carvajal revela discrepancias significativas que requieren un análisis crítico, tal como lo plantea Acereda La Linde y se mencionan a continuación:

El Enigma de la Edad

La contradicción más flagrante radica en la edad de Carvajal al momento de su muerte. La afirmación de Aragua, basada en la partida de bautismo de 1791, implica que Carvajal tenía 22 o 23 años cuando falleció en agosto de 1814 (nacido en octubre de 1791, muerto en agosto de 1814). Por el contrario, los cálculos de la línea familiar de Maturín sugieren que tenía entre 34 y más años (nacido alrededor de 1780).

El texto citado por el Presbítero Acereda la Linde plantea una pregunta retórica crucial:

"¿Cabe todo esto en un joven de veintidós años? No, mi Dios. Las descripciones y títulos atribuidos a Carvajal son de un calibre que difícilmente se concilian con una edad tan temprana. Se le describe como Coronel, Comandante, Jefe del Escuadrón de Aragua,  terrible lancero,  terror de los realistas,  bravo Coronel,  y aquel llanero famoso, que manejaba las bridas del caballo con la boca y las armas con ambos manos. Si bien no es metafísicamente imposible que un joven de 22 años alcanzara tal estatus, es razonablemente improbable que hubiera acumulado una reputación tan formidable, alcanzado un rango tan alto y demostrado las habilidades de combate de un veterano experimentado descritas. La afirmación de Maturín de que una edad mayor  es más propia que 22 para una figura de este tipo resulta más coherente con los hechos conocidos."

"Las implicaciones de su vida familiar también son significativas. La afirmación de Maturín de que Carvajal no fue casado y tuvo hijos de distintas mujeres y en épocas distintas plantea una pregunta fundamental: ¿cómo pudo haber tenido una "familia formada" con múltiples hijos de diferentes mujeres y nietos a la edad de 22 años, como implicaría la fecha de nacimiento de Aragua? Esto socava aún más la credibilidad de la afirmación de la edad de Aragua."

El Apellido y el Estatus Social

"El análisis de la partida bautismal de Aragua de 1792 revela que el niño fue bautizado como "Francisco del Carmen de la Trinidad," hijo natural de "Antonia Thomasa, morena, esclava de D. Felipe Carvajal," y el registro no le atribuye ningún apellido al niño. Esto contrasta directamente con la atribución posterior del apellido "Carvajal" al héroe, como se observa en la inscripción del busto y en los escritos del Dr. Hernández Parés."

"La cuestión del derecho a usar el apellido "Carvajal" es relevante. Se señala que D. Felipe Carvajal poseía numerosos esclavos, pero solo aquellos que estaban legítimamente casados aparecían con su apellido en los libros parroquiales. No hay evidencia de que D. Felipe Carvajal concediera formalmente su apellido a Francisco, especialmente porque no lo hizo con la madre ni en la pila bautismal. Además, el sacerdote oficiante, D. Manuel Antonio Pérez y Carvajal, quien también llevaba el apellido Carvajal, probablemente lo habría consignado en la partida si el niño hubiera tenido derecho a él. La pregunta final es contundente: "Entonces, ¿con qué derecho en Aragua se le pone a Francisco ese apellido?". (Fin de la cita)

La construcción de una narrativa histórica a menudo implica la omisión estratégica o el énfasis de ciertos detalles para respaldar una determinada versión de los hechos. La afirmación de Aragua, si bien presenta un registro de bautismo, parece minimizar o ignorar las implicaciones de que el héroe tuviera 22 o 23 años y una madre esclava sin apellido. La parte de Maturín, por el contrario, enfatiza el linaje familiar y la reputación del héroe, lo que lógicamente exige una edad mayor. Ninguna de las partes aborda completamente las verdades inconvenientes de la evidencia de la otra. La narrativa de Aragua, en particular, añade el apellido "Carvajal" sin una base documental clara, lo que sugiere una construcción deliberada para encajar en una imagen o linaje deseado. Esto revela una práctica común en la construcción de narrativas históricas: la presentación selectiva de la evidencia. Los detalles que apoyan una narrativa preferida se destacan, mientras que los que la contradicen se omiten, se minimizan o se reinterpretan. Esto es especialmente frecuente cuando el orgullo local o las agendas políticas están en juego, ya que el objetivo se convierte en convencer más que en puramente documentar.

La caracterización de Carvajal como "aquel llanero famoso, que manejaba la brida de su caballo cogida con los dientes, mientras enristraba una lanza con cada mano" es un detalle cualitativo poderoso. El arquetipo del "llanero" en la historia venezolana se asocia con la rudeza, la habilidad y la experiencia endurecida por la batalla. Esta técnica de combate específica implica un alto grado de destreza física, intrepidez y experiencia de combate, lo que es difícil de conciliar con un joven de 22 años. Sugiere una vida dedicada a dominar el estilo de vida y la guerra llanera. Más allá del rango militar, la caracterización de una figura histórica, particularmente a través de arquetipos culturales como el "llanero," puede servir como un fuerte indicador cualitativo de edad y experiencia. Esta evidencia cualitativa, aunque no es una fecha directa, puede ser muy persuasiva al evaluar la plausibilidad de las afirmaciones cuantitativas, especialmente cuando la documentación formal es ambigua. Sugiere que la memoria colectiva de la persona de Carvajal se alinea más estrechamente con la edad mayor propuesta por Maturín.

 

6. Reflexiones Historiográficas y Conclusiones Finales

El caso de Francisco Carvajal, "El Tigre Encaramado," ejemplifica los profundos desafíos inherentes al establecimiento de hechos históricos definitivos, especialmente para figuras de períodos con documentación limitada o contradictoria. La dificultad se acentúa cuando las fuentes primarias, como la partida de bautismo de Aragua, son ambiguas en cuanto a la identidad del sujeto, o cuando chocan con otras formas de evidencia, como la memoria familiar o las descripciones cualitativas de carácter y reputación. La ausencia o insuficiencia de fuentes documentales que confirmen fehacientemente los datos biográficos es un obstáculo recurrente en la investigación histórica.

La interacción entre la "memoria" y la "historia" es central en este debate. La competencia regional, manifestada en la discusión entre maturineses y aragüeños por el origen de "El Tigre Encaramado", ilustra cómo el orgullo local puede llevar a la construcción de narrativas históricas contrapuestas. Las conmemoraciones oficiales, como la erección del busto en Aragua, pueden solidificar una versión particular de la historia, incluso si se basa en evidencia disputada, reflejando los "modos de pensamiento colectivo y político" de una época. Es fundamental reconocer las fuertes motivaciones emocionales e identitarias que subyacen a estos debates históricos.

A partir del análisis anterior, podemos concluir que la partida de bautismo de Aragua, aunque es un documento genuino, no demuestra de manera concluyente que corresponda al célebre "Tigre Encaramado". La evidencia cualitativa, que incluye el alto rango militar de Carvajal, su formidable reputación, su descripción como un llanero experimentado y su compleja vida familiar, favorece en gran medida la afirmación de Maturín de un Carvajal de mayor edad. La hipótesis de que tenía 22 o 23 años al morir resulta implausible para una figura con tales logros y características. Es probable que la prueba definitiva del lugar y la fecha exactos de nacimiento de Carvajal siga siendo elusiva, con algunas sugerencias, como la de Miguel José Romero, apuntando a Santa Ana como su lugar de origen. Además, el apellido "Carvajal" fue probablemente atribuido al héroe post-mortem o adoptado informalmente, en lugar de haber sido registrado oficialmente al nacer, dada la condición de esclava de su madre y la omisión del apellido en el registro bautismal.

Este caso subraya una verdad fundamental en la investigación histórica: a veces, a pesar de una investigación exhaustiva, las respuestas definitivas siguen siendo esquivas. Los historiadores deben sentirse cómodos con la ambigüedad y la presentación de múltiples interpretaciones plausibles, en lugar de forzar una conclusión definitiva cuando la evidencia no lo justifica. El caso Carvajal sirve como un poderoso recordatorio de que las figuras históricas, especialmente aquellas de períodos turbulentos con registros deficientes, pueden permanecer parcialmente envueltas en el misterio, sus identidades moldeadas tanto por la memoria posterior como por los hechos verificables.

La responsabilidad del historiador radica en evaluar críticamente todas las fuentes, incluyendo los registros oficiales, los monumentos conmemorativos y las tradiciones orales, considerando su contexto, posibles sesgos y consistencia interna. La verdad histórica es a menudo una reconstrucción compleja, no un simple descubrimiento de un hecho único y definitivo.

 Notas *

Notas

1.      1. La epistemología histórica es una corriente filosófica que estudia cómo se construyen, validan y transforman los conocimientos científicos y prejuicios epistémicos a lo largo del tiempo. Analiza la ciencia como una práctica humana situada, enfocándose en las condiciones históricas que permiten el surgimiento de conceptos, métodos y sistemas experimentales, en lugar de verdades atemporales.

2.       2. La Realpolitik es una forma de política exterior y estatal basada en intereses prácticos, el poder y la seguridad nacional, en lugar de ideologías, principios morales o éticos. Este enfoque pragmático busca la efectividad y la estabilidad, priorizando la consolidación del Estado a través de la diplomacia estratégica y, a veces, la coerción.