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lunes, 2 de junio de 2025

El Enigma de "El Tigre Encaramado": Un Análisis Historiográfico de Francisco Carvajal


Coronel Francisco Carvajal. El Tigre Encaramado

Reflexiones a guisa para una revisión histórica 

Gustavo A. Domínguez M.


1. El Enigma de "El Tigre Encaramado", siguiendo el análisis documental del Presbítero Acereda La Linde.

La figura de Francisco Carvajal, “El Tigre Encaramado”, ha sido objeto de disputas regionales y reconstrucciones narrativas que oscilan entre la memoria popular y la evidencia documental. Este análisis se apoya en el trabajo pionero del Presbítero Acereda La Linde, quien realizó una investigación exhaustiva sobre la identidad, edad y origen del héroe, aportando hallazgos fundamentales que merecen ser reconocidos explícitamente.

Aportes del Presbítero Acereda La Linde

- Fue quien identificó y analizó la partida bautismal de 1792, señalando la condición de esclava de la madre y la ausencia del apellido “Carvajal”.

- Propuso la hipótesis maturinesa como más coherente con la trayectoria vital y militar del personaje.

- Destacó la inconsistencia entre la edad atribuida por Aragua (22 años) y la reputación, rango y vida familiar del héroe.

- Introdujo el concepto de “atribución post-mortem” del apellido, como práctica simbólica más que documental.

Estos aportes no solo fundamentan el análisis presente, sino que revelan una ética historiográfica rigurosa, que contrasta con las construcciones narrativas más emotivas o políticas.

Reconocer la autoría intelectual no es solo una cuestión de justicia personal, sino de rigor historiográfico y ética académica. En el caso de Francisco Carvajal, el trabajo del Presbítero Acereda La Linde constituye la base documental y argumental sobre la cual se construyen las refutaciones a la versión aragüeña. Ignorar su aporte debilita la credibilidad del análisis y perpetúa una práctica que la historia crítica debe superar.

Francisco Carvajal se erige como una figura prominente en la Guerra de Independencia de Venezuela, célebre por su bravura y destreza militar. Su apodo icónico, "El Tigre Encaramado," no solo evoca su ferocidad en combate, sino que también subraya su habilidad singular en el campo de batalla. Carvajal estuvo estrechamente vinculado a Simón Bolívar, participando en campañas y batallas cruciales que forjaron la independencia de la nación. Su legado militar es innegable, sin embargo, a pesar de su renombre en el ámbito militar, detalles biográficos fundamentales, como su lugar y fecha exactos de nacimiento, siguen siendo objeto de una intensa controversia histórica. El epicentro de este debate se sitúa en la pugna entre las afirmaciones de Maturín y Aragua de Barcelona, cada una reclamando ser la cuna de este héroe.

Es imperativo analizar críticamente las narrativas en conflicto presentadas en la fuente documental disponible, desglosando la evidencia que sustenta cada una de las pretensiones. Se debe buscar, además, poner de manifiesto los desafíos historiográficos inherentes a la reconstrucción de las vidas de figuras históricas, especialmente cuando la documentación es escasa o disputada, y la memoria local desempeña un papel significativo en la conformación de la historia.

Busto erigido en Maturín, Estado Monagas en honor a Francisco Carvajal

La persistencia del apodo "El Tigre Encaramado" a lo largo del tiempo y en las diversas narrativas, incluso en medio de la disputa sobre su identidad, es un fenómeno notable. Este sobrenombre trasciende los detalles biográficos específicos, operando como un potente símbolo de su carácter y reputación militar. Es plausible que esta denominación haya contribuido a cimentar su estatus legendario y, paradójicamente, a avivar la competencia regional por su origen. Un apodo memorable puede, en ocasiones, convertirse en un identificador más perdurable que los registros de nacimiento controvertidos. Este hecho pone de manifiesto cómo la memoria popular a menudo se cristaliza en torno a símbolos evocadores, como los apodos, que encapsulan la esencia de una figura, a veces simplificando o eclipsando realidades biográficas complejas. Estos símbolos pueden entonces transformarse en puntos focales para la identidad colectiva y el orgullo regional.

2. La Habilidad Militar del Coronel Carvajal

La trayectoria militar de Francisco Carvajal es un testimonio de su compromiso inquebrantable con la causa independentista y su destreza en el campo de batalla. Su asociación con Bolívar se inició tras los desastres de Caracas y la preocupación de la ciudad por Monteverde. Desde ese momento, Carvajal se sumergió en el fragor de la lucha, abriendo con Bolívar la campaña del río Magdalena y participando en la acción de Tenerife el 13 de diciembre de 1812. Su liderazgo fue fundamental en la toma de Mompos, Banco y Ocaña en 1813, consolidando su reputación como un comandante capaz.

Carvajal también desempeñó un papel crucial en la pacificación de Santa Marta y estuvo presente en la acción de Chiriguaná el 1 de enero de 1813. Uno de los episodios más destacados de su carrera temprana fue la reñida batalla de Cúcuta, el 18 de febrero de 1813, donde se enfrentó al Coronel español Ramón Correa. En esta contienda, Carvajal comandaba 800 hombres, mientras que Bolívar dirigía 500, una clara indicación de la confianza depositada en su capacidad de mando y su experiencia en el campo. Esta temprana y sustancial responsabilidad de mando sugiere una considerable experiencia y liderazgo probado, cualidades que rara vez se atribuyen a un joven inexperto.

Su participación se extendió a campañas de gran envergadura, acompañando a Bolívar en batallas como Niquitao, Horcones, Taguanes, Mirador, Trincheras, Bárbula, Barquisimeto y Araure. Fue en Araure donde su bravura le valió el renombrado apodo de "El Tigre Encaramado". Carvajal también estuvo involucrado en los sangrientos ataques de San Mateo el 28 de febrero, 17 y 25 de marzo de 1814, así como en la defensa de La Victoria y Arado. Su liderazgo se destacó en la primera Batalla de Carabobo, donde combatió al frente de sus Húsares con un "singular denuedo".

La historia oficial muchas veces olvida que la oficialidad republicana era un coto cerrado de la aristocracia. Recreaciones narrativas o ensayos biográficos contemporáneos, utilizan las tesis de Caracciolo Parra Pérez como base. Parra Pérez, en su obra sobre Manuel Piar (titulada originalmente Piar, el desterrado o analizada bajo el concepto de "El Disidente"), presenta un análisis sobre la disidencia, en donde Sánchez actúa como el "observador" o el "testigo" que representa la conciencia colectiva de los pardos describiendo una realidad asfixiante: “(…) Los negros se quedaban en soldados rasos, los mulatos, cuarterones y salto atrás llegaban hasta sargentos, y los blancos iban desde teniente hasta general. Para Sánchez era difícil entender cómo era eso de que los blancos, siendo tan poquitos, eran quienes mandaban, mientras que los de piel más oscura no subían cuando eran miles. Y lo peor, a veces no valía si se era más claro, incluso blanco a la vista de cualquiera. Si los de arriba decían eres pardo, pues así se quedaba, así tuviera ojos azules y piel bien clara, como sucedía con el general Piar.”. En este sistema de castas, Francisco Carvajal, el 'Tigre Encaramado', representa la insurgencia del mérito sobre el color. Su ascenso a Coronel no fue una concesión de la élite, sino una conquista a punta de lanza en el campo de batalla.

La carrera de Carvajal culminó en dos batallas trágicas de 1814: la desgraciada y sangrienta segunda Batalla de La Puerta, el 12 de junio, donde su valor no fue suficiente para salvar a los suyos de la matanza perpetrada por Boves; y finalmente, la terrible y fatal en consecuencias para la libertad de Venezuela, desastrosa batalla de Aragua, el 17 de agosto, donde encontró la muerte. La descripción de su estilo de combate es icónica: "manejaba la brida de su caballo cogida con los dientes, mientras enristraba una lanza con cada mano," lo que subraya su singular audacia y habilidad.

La presencia constante de Carvajal en batallas cruciales y a menudo sangrientas, como San Mateo y La Puerta, refuerza la imagen de un veterano endurecido por el combate, no la de un novato. Su rápido ascenso a un puesto de alta jerarquía y su participación sostenida en el frente de batalla constituyen una sólida evidencia circunstancial que apoya la afirmación de Maturín sobre un Carvajal de mayor edad. La plausibilidad de que un individuo de 22 o 23 años, como sugiere la afirmación de Aragua, hubiera alcanzado tal nivel de mando y reputación militar sin una mención explícita de su precocidad excepcional, se ve seriamente comprometida por el registro de su carrera.

3. Memoria vs. Historia: Enmarcando el Debate

Debemos enfatizar que "Memoria e historia se influyen mutuamente". Esta afirmación teórica es fundamental para comprender las complejidades del caso Carvajal. La historia, por un lado, se ve moldeada por las luchas de la memoria que se instalan en la agenda pública. Por otro lado, la memoria es influenciada por la historia; no existe una memoria literal u original que no haya sido "contaminada" por elementos que no derivan de la experiencia directa. Los recuerdos son reelaborados a partir de marcos sociales, donde son influenciados tanto por las aproximaciones académicas como por los modos de pensamiento colectivo y político. Es crucial reconocer que los errores históricos no se limitan a fechas y lugares de nacimiento, sino que también los nombres de personas y personajes han sido motivo de afirmaciones que generan controversias, a menudo debido a la insuficiencia o ausencia de fuentes documentales que las confirmen de manera fehaciente. La obra "Historia de Aragua de Barcelona del Estado Anzoátegui y de la nueva Andalucía" de Manuel Acereda La Linde sirve como el marco teórico y el estudio del caso para esta discusión.

El caso de Carvajal es un ejemplo paradigmático de esta interacción. La controversia sobre su lugar de nacimiento no es meramente una disputa académica, sino un reflejo de cómo las comunidades locales afirman su derecho a un héroe nacional, moldeando así su propia memoria colectiva y narrativa histórica.

La "contaminación" de la memoria por agendas políticas y sociales locales se observa de manera explícita en este contexto. La memoria es "reelaborada desde marcos sociales, donde son influenciados tanto por las aproximaciones académicas como por los modos de pensamiento colectivo y político". Los detalles sobre el Dr. José Manuel Hernández Parés, quien era "jefe civil de Aragua" y encargó un busto de Carvajal, logrando que el "Gobierno del Estado" se interesara en colocar una inscripción que lo reclamaba para Aragua, ilustran directamente este proceso. Esto no fue un ejercicio puramente académico; fue un acto oficial, impulsado probablemente por el orgullo cívico y político local. Este fenómeno revela que los "hechos" históricos pueden ser activamente construidos y promovidos por autoridades locales o figuras influyentes para servir intereses cívicos o políticos contemporáneos. La "contaminación" no implica necesariamente una falsificación malintencionada, sino más bien una interpretación selectiva o un énfasis en la evidencia disponible para reforzar una narrativa deseada, a menudo con el propósito de realzar el prestigio regional. Esto subraya la necesidad de que los historiadores sean conscientes del contexto y las posibles motivaciones detrás de las afirmaciones históricas, especialmente aquellas respaldadas por conmemoraciones oficiales.

4. Los Orígenes Disputados: Aragua vs. Maturín

La disputa sobre el origen de Francisco Carvajal, conocido como "El Tigre Encaramado," ha sido un punto de contención entre Aragua de Barcelona y Maturín, similar a la controversia sobre el origen de Monagas.

La Reclamación de Aragua de Barcelona

La pretensión de Aragua de Barcelona se sustenta en varios elementos, que se remontan a principios del siglo XX. Entre 1906 y 1907, se desató una discusión en la prensa sobre si Carvajal era maturinés o aragüeño. Los defensores de Aragua argumentaban que Carvajal se había criado allí y presentaron una partida de bautismo extraída de los libros de Aragua, a la que le otorgaban un valor decisivo.

El Dr. José Manuel Hernández Parés, en un folleto publicado en 1904, afirmó que la partida de bautismo del "bravo Coronel Francisco del Carmen Carvajal, (a) Tigre Encaramado," fue hallada en los libros del Archivo de la Iglesia de Aragua en 1888. Además, Hernández Parés sostenía que "Tigre Encaramado murió el 18 de agosto del año 14, en la célebre batalla librada en esta población," lo que implicaba que su muerte en Aragua reforzaba su conexión con la localidad.

En 1911, el Dr. Hernández, entonces jefe civil de Aragua, encargó al escultor Estanislao Rubín Hernández un busto de Carvajal. Este busto fue colocado sobre una columna en la placetilla lateral norte de la Iglesia, con una inscripción en mármol que proclamaba: "Francisco Carvajal/Nació en Aragua/de Barcelona/ el 10 de Octubre/de 1791/E1 Gobierno de Anzoátegui/ honra la memoria/de tan bizarro batallador /15 de Julio de 1911". Esta inscripción no solo establece una fecha de nacimiento específica, sino que también vincula la figura del héroe con el respaldo oficial del gobierno.

La Reclamación de Maturín

La última réplica de Maturín, articulada por Ángel Núñez en una carta a "El Croquis" el 15 de enero de 1907, refuta directamente la pretensión de Aragua y la validez de la partida de bautismo para el héroe que ellos reclaman. El argumento central de Maturín se basa en la línea familiar del héroe. Núñez afirma que el "Héroe Maturinés" Carvajal "dejaba en su país una familia formada con sus hijas María Rosario y Juana y un hijo de nombre Juan".

Las "Espontáneas Deducciones"  basadas en los datos de Núñez, realizan cálculos detallados sobre la edad de Carvajal a partir de sus descendientes como lo menciona el Presbítero Acereda La Linde:

  • María Rosario: Se estima que nació a principios del siglo XIX. Su hija, Bernardina, nació en 1824 (tenía 22 años en 1846). Bernardina tuvo un hijo, Felipe, quien en 1907 tenía 61 años (nacido en 1846). Calculando hacia atrás, si Felipe nació en 1846 y Bernardina tenía 22 años en ese momento, Bernardina nació en 1824. Si María Rosario tuvo a Bernardina a los 22 años, entonces María Rosario nació alrededor de 1802. Si Francisco Carvajal tuvo a María Rosario a los 22 años, su nacimiento se situaría alrededor de 1780. Esto implicaría que Carvajal murió a los 34 años en 1814.
  • Juana: Su nieta menor, que vivía en Maturín en 1907, tenía 44 años (nacida en 1863). Si la hija de Juana tuvo a su nieta a los 22 años, la hija de Juana nació en 1841. Si Juana tuvo a su hija a los 22 años, Juana nació en 1819. Dado que María Rosario nació en 1802 y Juana en 1819, se llevaban 17 años. Si Francisco tuvo a María Rosario a los 22 años, y a Juana 17 años después, entonces Francisco tendría 39 años al nacer Juana, lo que también sitúa su nacimiento alrededor de 1780.
  • Juan: El hijo Juan, siendo posterior, no permite un cálculo preciso, pero implicaría una edad aún mayor para Francisco.

La conclusión del argumento de Maturín es que la partida de bautismo de Aragua no puede corresponder a su héroe, ya que la edad implícita (22/23 años al morir) es incompatible con la existencia y las edades de su familia conocida, lo que requeriría que el héroe fuera significativamente mayor.

La epistemología histórica* se enfrenta a un desafío considerable cuando se confrontan "fuentes primarias" que entran en conflicto. El lado de Aragua presenta lo que parece ser una fuente primaria concreta: un registro de bautismo con nombres, fechas y ubicaciones específicas. El lado de Maturín, aunque no presenta un registro de bautismo alternativo, ofrece una narrativa detallada e internamente consistente basada en miembros de la familia vivos y sus edades generacionales. Ambas partes afirman representar la "verdad." Esta situación pone de manifiesto la dificultad para los historiadores cuando incluso los documentos "primarios" están sujetos a interpretación en cuanto a la identidad de su sujeto, o cuando chocan con otras formas de evidencia histórica, como la tradición oral o la memoria familiar. Esto demuestra que la mera existencia de un documento, incluso uno oficial, no resuelve automáticamente un debate histórico. El historiador debe evaluar críticamente la procedencia del documento, su contenido en relación con otros hechos conocidos y el contexto de su descubrimiento y promoción. La "verdad" a menudo reside en la evaluación crítica de múltiples fuentes, a veces contradictorias, en lugar de una adhesión ciega a una sola.

Además, el argumento de Maturín, tal como se elabora en las "Espontáneas Deducciones," se basa en gran medida en el cálculo inverso del año de nacimiento de Carvajal a partir de las edades conocidas de sus descendientes. Este proceso, aunque complejo e implicando suposiciones sobre las edades promedio de procreación, es una forma de deducción lógica utilizada para establecer la plausibilidad y desafiar la afirmación de Aragua. El texto mismo se involucra en estos cálculos, lo que demuestra el intento del historiador de dar sentido a los datos familiares. Esto ilustra que la metodología histórica va más allá de la simple búsqueda de documentos. A menudo implica el razonamiento inferencial, los cálculos demográficos y la construcción de líneas de tiempo plausibles basadas en evidencia indirecta. Este enfoque puede ser poderoso para desafiar la evidencia documental que parece directa pero que podría estar mal atribuida, forzando una reevaluación de lo que es "posible" o "razonable" dentro de un contexto histórico.

5. Análisis Crítico de Discrepancias y Evidencia

La confrontación de las narrativas de Aragua y Maturín sobre Francisco Carvajal revela discrepancias significativas que requieren un análisis crítico, tal como lo plantea Acereda La Linde y se mencionan a continuación:

El Enigma de la Edad

La contradicción más flagrante radica en la edad de Carvajal al momento de su muerte. La afirmación de Aragua, basada en la partida de bautismo de 1791, implica que Carvajal tenía 22 o 23 años cuando falleció en agosto de 1814 (nacido en octubre de 1791, muerto en agosto de 1814). Por el contrario, los cálculos de la línea familiar de Maturín sugieren que tenía entre 34 y más años (nacido alrededor de 1780).

El texto citado por el Presbítero Acereda la Linde plantea una pregunta retórica crucial:

"¿Cabe todo esto en un joven de veintidós años? No, mi Dios. Las descripciones y títulos atribuidos a Carvajal son de un calibre que difícilmente se concilian con una edad tan temprana. Se le describe como Coronel, Comandante, Jefe del Escuadrón de Aragua,  terrible lancero,  terror de los realistas,  bravo Coronel,  y aquel llanero famoso, que manejaba las bridas del caballo con la boca y las armas con ambos manos. Si bien no es metafísicamente imposible que un joven de 22 años alcanzara tal estatus, es razonablemente improbable que hubiera acumulado una reputación tan formidable, alcanzado un rango tan alto y demostrado las habilidades de combate de un veterano experimentado descritas. La afirmación de Maturín de que una edad mayor  es más propia que 22 para una figura de este tipo resulta más coherente con los hechos conocidos."

"Las implicaciones de su vida familiar también son significativas. La afirmación de Maturín de que Carvajal no fue casado y tuvo hijos de distintas mujeres y en épocas distintas plantea una pregunta fundamental: ¿cómo pudo haber tenido una "familia formada" con múltiples hijos de diferentes mujeres y nietos a la edad de 22 años, como implicaría la fecha de nacimiento de Aragua? Esto socava aún más la credibilidad de la afirmación de la edad de Aragua."

El Apellido y el Estatus Social

"El análisis de la partida bautismal de Aragua de 1792 revela que el niño fue bautizado como "Francisco del Carmen de la Trinidad," hijo natural de "Antonia Thomasa, morena, esclava de D. Felipe Carvajal," y el registro no le atribuye ningún apellido al niño. Esto contrasta directamente con la atribución posterior del apellido "Carvajal" al héroe, como se observa en la inscripción del busto y en los escritos del Dr. Hernández Parés."

"La cuestión del derecho a usar el apellido "Carvajal" es relevante. Se señala que D. Felipe Carvajal poseía numerosos esclavos, pero solo aquellos que estaban legítimamente casados aparecían con su apellido en los libros parroquiales. No hay evidencia de que D. Felipe Carvajal concediera formalmente su apellido a Francisco, especialmente porque no lo hizo con la madre ni en la pila bautismal. Además, el sacerdote oficiante, D. Manuel Antonio Pérez y Carvajal, quien también llevaba el apellido Carvajal, probablemente lo habría consignado en la partida si el niño hubiera tenido derecho a él. La pregunta final es contundente: "Entonces, ¿con qué derecho en Aragua se le pone a Francisco ese apellido?". (Fin de la cita)

La construcción de una narrativa histórica a menudo implica la omisión estratégica o el énfasis de ciertos detalles para respaldar una determinada versión de los hechos. La afirmación de Aragua, si bien presenta un registro de bautismo, parece minimizar o ignorar las implicaciones de que el héroe tuviera 22 o 23 años y una madre esclava sin apellido. La parte de Maturín, por el contrario, enfatiza el linaje familiar y la reputación del héroe, lo que lógicamente exige una edad mayor. Ninguna de las partes aborda completamente las verdades inconvenientes de la evidencia de la otra. La narrativa de Aragua, en particular, añade el apellido "Carvajal" sin una base documental clara, lo que sugiere una construcción deliberada para encajar en una imagen o linaje deseado. Esto revela una práctica común en la construcción de narrativas históricas: la presentación selectiva de la evidencia. Los detalles que apoyan una narrativa preferida se destacan, mientras que los que la contradicen se omiten, se minimizan o se reinterpretan. Esto es especialmente frecuente cuando el orgullo local o las agendas políticas están en juego, ya que el objetivo se convierte en convencer más que en puramente documentar.

La caracterización de Carvajal como "aquel llanero famoso, que manejaba la brida de su caballo cogida con los dientes, mientras enristraba una lanza con cada mano" es un detalle cualitativo poderoso. El arquetipo del "llanero" en la historia venezolana se asocia con la rudeza, la habilidad y la experiencia endurecida por la batalla. Esta técnica de combate específica implica un alto grado de destreza física, intrepidez y experiencia de combate, lo que es difícil de conciliar con un joven de 22 años. Sugiere una vida dedicada a dominar el estilo de vida y la guerra llanera. Más allá del rango militar, la caracterización de una figura histórica, particularmente a través de arquetipos culturales como el "llanero," puede servir como un fuerte indicador cualitativo de edad y experiencia. Esta evidencia cualitativa, aunque no es una fecha directa, puede ser muy persuasiva al evaluar la plausibilidad de las afirmaciones cuantitativas, especialmente cuando la documentación formal es ambigua. Sugiere que la memoria colectiva de la persona de Carvajal se alinea más estrechamente con la edad mayor propuesta por Maturín.

 

6. Reflexiones Historiográficas y Conclusiones Finales

El caso de Francisco Carvajal, "El Tigre Encaramado," ejemplifica los profundos desafíos inherentes al establecimiento de hechos históricos definitivos, especialmente para figuras de períodos con documentación limitada o contradictoria. La dificultad se acentúa cuando las fuentes primarias, como la partida de bautismo de Aragua, son ambiguas en cuanto a la identidad del sujeto, o cuando chocan con otras formas de evidencia, como la memoria familiar o las descripciones cualitativas de carácter y reputación. La ausencia o insuficiencia de fuentes documentales que confirmen fehacientemente los datos biográficos es un obstáculo recurrente en la investigación histórica.

La interacción entre la "memoria" y la "historia" es central en este debate. La competencia regional, manifestada en la discusión entre maturineses y aragüeños por el origen de "El Tigre Encaramado", ilustra cómo el orgullo local puede llevar a la construcción de narrativas históricas contrapuestas. Las conmemoraciones oficiales, como la erección del busto en Aragua, pueden solidificar una versión particular de la historia, incluso si se basa en evidencia disputada, reflejando los "modos de pensamiento colectivo y político" de una época. Es fundamental reconocer las fuertes motivaciones emocionales e identitarias que subyacen a estos debates históricos.

A partir del análisis anterior, podemos concluir que la partida de bautismo de Aragua, aunque es un documento genuino, no demuestra de manera concluyente que corresponda al célebre "Tigre Encaramado". La evidencia cualitativa, que incluye el alto rango militar de Carvajal, su formidable reputación, su descripción como un llanero experimentado y su compleja vida familiar, favorece en gran medida la afirmación de Maturín de un Carvajal de mayor edad. La hipótesis de que tenía 22 o 23 años al morir resulta implausible para una figura con tales logros y características. Es probable que la prueba definitiva del lugar y la fecha exactos de nacimiento de Carvajal siga siendo elusiva, con algunas sugerencias, como la de Miguel José Romero, apuntando a Santa Ana como su lugar de origen. Además, el apellido "Carvajal" fue probablemente atribuido al héroe post-mortem o adoptado informalmente, en lugar de haber sido registrado oficialmente al nacer, dada la condición de esclava de su madre y la omisión del apellido en el registro bautismal.

Este caso subraya una verdad fundamental en la investigación histórica: a veces, a pesar de una investigación exhaustiva, las respuestas definitivas siguen siendo esquivas. Los historiadores deben sentirse cómodos con la ambigüedad y la presentación de múltiples interpretaciones plausibles, en lugar de forzar una conclusión definitiva cuando la evidencia no lo justifica. El caso Carvajal sirve como un poderoso recordatorio de que las figuras históricas, especialmente aquellas de períodos turbulentos con registros deficientes, pueden permanecer parcialmente envueltas en el misterio, sus identidades moldeadas tanto por la memoria posterior como por los hechos verificables.

La responsabilidad del historiador radica en evaluar críticamente todas las fuentes, incluyendo los registros oficiales, los monumentos conmemorativos y las tradiciones orales, considerando su contexto, posibles sesgos y consistencia interna. La verdad histórica es a menudo una reconstrucción compleja, no un simple descubrimiento de un hecho único y definitivo.

 Notas *

Notas

1.      1. La epistemología histórica es una corriente filosófica que estudia cómo se construyen, validan y transforman los conocimientos científicos y prejuicios epistémicos a lo largo del tiempo. Analiza la ciencia como una práctica humana situada, enfocándose en las condiciones históricas que permiten el surgimiento de conceptos, métodos y sistemas experimentales, en lugar de verdades atemporales.

2.       2. La Realpolitik es una forma de política exterior y estatal basada en intereses prácticos, el poder y la seguridad nacional, en lugar de ideologías, principios morales o éticos. Este enfoque pragmático busca la efectividad y la estabilidad, priorizando la consolidación del Estado a través de la diplomacia estratégica y, a veces, la coerción.


sábado, 25 de febrero de 2023

Rafael Diego Mérida, el célebre Tuerto Mérida, uno de los protagonistas más tumultuosos de la Independencia


Rafael Diego Mérida (1762-1828). Escribano de Cámara de la Real Audiencia de Caracas. Secretario de Gracia y Justicia y Policía durante la Segunda República. Escritor. Su primera actuación conocida fue como escribano de cámara de la Real Audiencia de Caracas, en el proceso instaurado por este organismo, en 1795, para conocer sobre la huida del niño Simón Bolívar de la casa de su tutor, Carlos Palacios, y decidir en consecuencia. El niño se había refugiado en el hogar de Pablo Clemente y María Antonia Bolívar. En 1799 era «escribano originario y único» de la causa formada en Caracas contra José María España, Manuel Gual y otros comprometidos en el movimiento revolucionario conocido como conspiración de Gual y España. En 1808 participó en la llamada Conspiración de los Mantuanos.



Una crónica del periódico caraqueño El Liberal, incluida en su entrega de 16 de noviembre de 1841, describe unas exequias controversiales. No solo importan porque dan testimonio de las reacciones de la iglesia ante el establecimiento de la república laica, sino también porque concluyen el ciclo vital de Rafael Diego Mérida, el célebre Tuerto Mérida, uno de los protagonistas más tumultuosos de la Independencia.

Bolívar expresó una vez su deseo de arrancarle el ojo bueno que le quedaba: “Los negocios públicos se volverían serenos si el tuerto quedaba ciego”, dijo. La reacción no fue sino una más en la urdimbre de respuestas airadas que provocó la conducta de un personaje vinculado a la política desde 1795, cuando fue escribano de la Real Audiencia de Caracas. A partir de entonces comenzó a ganar enemistades.

Desde las funciones en la Audiencia, Mérida recogió los detalles de las acusaciones contra la intentona de Gual y España, pero se alejó de los despachos oficiales para involucrarse en la Conjura de los Mantuanos. Después hizo un viaje a Cádiz, que manchó su reputación ante los criollos más conservadores. Se alarmaron por su participación en una logia de los “Caballeros Racionales” fundada por un argentino de apellido Alvear para fomentar revoluciones en las colonias.

Como alardeaba de su pertenencia a la logia, a nadie extrañó que después trabajara como Secretario de la Sociedad Patriótica, la “casa de locos” que presionaba al congreso para que librara a Venezuela de la coyunda monárquica. Provocó entonces mucha roncha por una reacción contra Miranda, a quien motejó de calumniador. Envió un memorial de acusaciones contra el Precursor e interrumpió una sesión de la Cámara para llenarlo de improperios. Debido a los excesos de su intervención, el Presidente del Congreso ordenó que lo expulsaran del recinto y su arresto durante veinte días.

Volvió por la puerta grande después de la Campaña Admirable. Ocupó entonces el cargo de Secretario de Gracia, Justicia y Policía en el gabinete del Libertador. De la época datan unas cartas en las que amenazó con el cadalso al arzobispo de Caracas, si no publicaba una pastoral favorable a la causa republicana, y episodios que no dejaron de producir estupor. Arrojó personalmente del púlpito a dos o tres religiosos que predicaban por la gloria de Fernando VII.

Después destacó como agitador de las reuniones de exiliados que ocurrieron en Haití. Conspiró entonces contra la comandancia que aspiraba Bolívar. Aliado con José Francisco Bermúdez, no solo promovió altercados entre los oficiales del destierro. También concibió la idea de librarse de su antiguo jefe mediante procedimientos violentos que incluían el asesinato. Formó parte de la expedición de Los Cayos, pero se alejó cuando concluyó en Carúpano. No explicó los motivos de su distancia, pero se pueden desprender de los papeles que redactó en breve.

Establecido en Curazao, se dedicó a escribir libelos contra Bolívar. Lo acusó de inepto y deshonesto, a través de una catarata de tinta que remitía por correo a la tierra firme. De la fábrica se alimentó más tarde José de la Riva Agüero, presidente del Perú, para menoscabar el prestigio del Libertador en una obrita que publicó bajo el pseudónimo de Pruvonena.

Mérida regresó a Caracas luego del triunfo de Carabobo, para tratar de que se olvidaran sus intemperancias. El Vicepresidente Santander lo designó cónsul en Curazao, pero después se negó a concederle el cargo que pedía de jefe de la Tesorería de Diezmos de Caracas. Cuando solicitó la posición, aseguró que se había arrepentido de sus injurias contra El Libertador. Volvió a las andadas en un impreso titulado Angustias de Colombia en 1828, debido al cual Páez lo suspendió del cargo consular y le prohibió la entrada a Venezuela. Bolívar aplaudió la decisión, en carta llena de regocijo por lo que consideró como medida sanitaria. El Tuerto retornó a Caracas en 1839, para sobrevivir en un oscuro rincón que casi nadie del futuro ha querido visitar y del cual lo sacamos ahora gracias a la polémica provocada por su entierro.

El 2 de noviembre de 1841, el ciudadano Gerónimo Méndez se presentó ante J. Aguado de Suárez, Provisor y Vicario General de la diócesis de Caracas, para llenar los trámites conducentes al entierro de su suegro, Rafael Diego Mérida. El Provisor negó la solicitud y se apresuró a impedir que el cadáver fuese inhumado en el cementerio general. ¿Por qué? Mérida, de acuerdo con las razones del prelado, murió sin aceptar la administración de los sacramentos, pese a los ruegos de algunos sacerdotes piadosos.

El Provisor envió oficio al celador del cementerio, para que impidiera las labores de sepelio:

“En caso de que por alguna autoridad civil se le mande recibir y enterrar el cadáver de Diego Mérida, me dará inmediatamente parte de esto; y no le dará sepultura, sino que lo dejará fuera del cementerio hasta que se le prevenga a usted otra cosa.”

Mientras el religioso enviaba la conminación, Méndez se presentó ante el Jefe Político con el Reglamento de Policía expedido en 1834. En atención al Reglamento de Policía, como se habían prohibido las inhumaciones en las bóvedas de los templos y en los campos de las inmediaciones, todos los cadáveres se deberían enterrar en el cementerio de la ciudad con la debida prisa y según prevenciones sanitarias. El incumplimiento de la orden acarrearía una multa de doce pesos. Con la regulación frente a sus ojos, el Jefe Político autorizó el depósito de los restos mortales en la parcela que correspondiese. Cumplida su faena y para explicarse ante el Provisor, el celador recordó la obligación que tenía de atender las disposiciones de la autoridad civil: “Yo como súbdito suyo no hallé otro remedio que obedecer al inmediato jefe bajo cuyas órdenes estoy”.

El Provisor no se dio por vencido. Solicitó ante el Jefe Político la exhumación del cadáver. Los parientes del difunto, para evitar lo que consideraron como una vejación, se atrevieron a argumentar la demencia del moribundo. El famoso tuerto Mérida se había negado a recibir la extremaunción porque había perdido la chaveta, aseguraron. Nada extraño en la carrera de un personaje habituado a nadar contra la corriente. Se había refugiado en la insania para continuar sus andanzas después de la muerte. Podía ser, decía la gente después de hacer memoria de las obras del insólito luchador. No obstante, el sacerdote sacó una nueva carta de la manga de su sotana.

Había una razón superior para arrojar del camposanto los despojos, proclamó: por escribir contra los dogmas de la religión cristiana, Mérida había sido excomulgado en 1816. Un individuo públicamente segregado del cuerpo místico de Cristo no podía dormir el sueño eterno en tierra consagrada. El Jefe Político prefirió guardar silencio frente al manejo, pero ordenó al celador que se abstuviera de hacer movimientos en el túmulo recién habitado

Fue entonces cuando los redactores de El Liberal quisieron participar con una primera aproximación que, sin detenerse en los aspectos de fondo, arremetió contra la argucia. Aseguraron que no se conservaba en los archivos eclesiásticos ninguna referencia a un decreto de excomunión contra el tuerto Mérida, ni que se había colocado entonces en las puertas de los templos una copia de la suprema condena, como se estilaba en la época. Después se animaron a profundizar en el arduo tema.

Afirmaron, en primer lugar:

“Damos por sentado que haya existido excomunión contra el difunto Mérida, que haya muerto en sano juicio e impenitente, y que se pretenda por la Curia eclesiástica la exhumación del cadáver en conformidad con los Cánones. ¿Y podrá conseguirlo? Parécenos que no: dependiendo el cementerio general única y exclusivamente de la policía, y no pudiendo ni debiendo exhumarse los cadáveres por disposición de otra autoridad que de la civil, para lo cual no pueden ser admisibles los motivos en que se funde el procedimiento de la autoridad eclesiástica obrando ella con arreglo a los Cánones que están en oposición con las leyes de la república.”

Y más adelante:

“Para juzgar si hay abuso en caso de negativa de sepultura por un sacerdote, es preciso distinguir lo que toca a los oficios y ceremonias religiosas de lo que toca propiamente a la administración. En cuanto a lo primero, es enteramente potestativo al sacerdote negarlos o concederlos. En este respecto no puede haber abuso. Pero en cuanto a la inhumación o depósito de los cadáveres en el cementerio, siendo la policía de ellos exclusivamente de las atribuciones de la autoridad municipal, la oposición del sacerdote a que el cuerpo sea colocado en el lugar designado para ello por la autoridad competente, o la acción de hacerle depositar en un lugar impropio y no bendito, constituye un abuso que debe reprimirse.”

El suceso que hoy rescatamos da cuenta de los esfuerzos de la república laica para imponerse frente a un poder respetado desde el período colonial, o de cómo ese poder trata de arreglárselas para mantener su influjo. Según se desprende de lo que debe considerarse como un trámite de rutina en situaciones de normal convivencia, en cuyo molde cada quien sabe a qué atenerse, los esfuerzos para el establecimiento de una colectividad liberal desconocida hasta entonces desembocan en escaramuzas inesperadas, en situaciones de incertidumbre de la cuales dependen destinos importantes para las personas. Para meter en cintura el dominio espiritual, como sucede después, se debió primero atender a satisfacción un asunto como este de 1841.

No deja de ser curioso que el hecho girara en torno a don Rafael Diego, el pertinaz personaje que puso en jaque a las autoridades de su tiempo, aún a la que ascendió a la cima de las estatuas. Quizá no solo fuera aquello un pleito entre potestades, sino también ocasión de pasarle factura al Tuerto Mérida por su actitud contra Miranda, por sus cartas contra el arzobispo, por echar del púlpito a unos curas que nadie recuerda y por su encono contra el Libertador. De ser así, en el refugio del féretro también le cumplió a su fama.



Autor: Elias Pino Iturrieta

Fuente:https://prodavinci.com/el-tuerto-merida-sin-paz-ni-en-el-sepulcro/